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sábado, 22 de marzo de 2014

Hoy hablamos de Historia. La Península Ibérica en los escritores griegos y romanos. Sobre la derrota de los astures.



© Amelia G. Suárez



















Descubrir la Historia es aprender a conocernos mejor a nosotros mismos. Para saber quiénes somos es necesario que entendamos de dónde venimos, y para ello disponemos de diferentes recursos.

¿Cómo eran los pueblos que habitaban la Península Ibérica en la Antigüedad? Gracias a las referencias que aparecen en escritores griegos y romanos disponemos de una inestimable información sobre los diferentes territorios e indígenas que poblaban estas tierras desde la etapa que conocemos como Protohistoria. Si bien es justo reconocer que en ocasiones no resulta fácil discernir entre mito, leyenda y realidad. 

Ya en Homero, Hesíodo y Estesícoro encontramos las más antiguas aunque imprecisas y  legendarias narraciones sobre las tierras de la Península Ibérica conocidas entre los griegos de los siglos VIII, VII, VI a.C. como lugares lejanos pero de incalculable riqueza, así se recoge en la descripción de los viajes de Heracles y el episodio de los míticos rebaños de Gerión, o la monarquía de Gárgoris y Habis.  Pero será Rufo Festo Avieno (Etruria, finales siglo IV a. C.) y su memorable Ora Marítima el primer autor que realice una descripción ponderada de la costa mediterránea peninsular al tiempo que emplea el término “Híberos” puesto que los griegos habrían denominado Iberia a la zona habitada por los Tartesios.

Junto con Avieno nos encontraremos otros escritores grecorromanos de suma importancia por los datos que aportan sobre nuestra Península: Polibio, Heródoto, Estrabón, Pomponio Mela, Plinio El viejo, etc. pero a ellos volveremos, si el tiempo me lo permite, en futuras entradas. Porque ahora quiero centrar el tema en los pueblos norteños, especialmente en los astures. Ya Estrabón (63 a.C. - 21 a.C.) en su Geografía escribió  sobre ellos: "Aquí hay un pueblo de gran fuerza, de ánimo levantado, de eficaz habilidad, dominando a todos la pasión por el comercio; con barcas de pieles cosidas surcan valerosamente el turbio mar y el abismo del Océano lleno de monstruos; pues ellos no supieron construir sus naves con madera de pino ni de acebo, ni tampoco con el abeto curvaban las barcas como es costumbre sino que, cosa digna de admiración, siempre construían las naves con pieles unidas, recorriendo con frecuencia sobre tal cuero el vasto mar".

Tras el geógrafo e historiador griego será Floro el segundo autor que haga referencia a los astures como uno de los  dos pueblos más fuertes de Hispania (junto a cántabros), gentes con un valor y sentido de la libertad extraordinarios que les hizo oponer feroz resistencia a la dominación romana lo que obligó al propio emperador Augusto a venir personalmente a tierras hispanas para enfrentarse a aquellos valerosos norteños que tantos problemas estaban acarreando al todopoderoso Imperio Romano. Bien, pues ahora os propongo la lectura y comentario de un fragmento de este historiador romano en el que relata la derrota de los astures.


“Durante esta misma época los astures, formando una enorme columna, habían bajado de sus nevadas montañas. Su ataque no se lanzó a la ligera, al menos para los bárbaros, sino que después de haber establecido su campamento a orillas del río Astura y dividido sus fuerzas en tres grupos, se disponen a atacar a un mismo tiempo tres campamentos romanos. La lucha contra enemigos tan valerosos, cuya llegada había sido tan rápida y tan bien concertada, habría sido dudosa y sangrienta, si los bringuecinos no les hubiesen traicionado y hubieran avisado a Carisio (el legado romano). Supuso para nosotros una victoria el haber impedido sus proyectos, sin poder evitar, en cualquier caso, una lucha sangrienta. El resto del ejército (astur), en retirada, fue acogido en la ciudad de Lancia, muy fortificada, donde la disposición de los lugares hizo la lucha tan encarnizada que, después de la toma de la ciudad, los soldados (romanos) reclamaban antorchas para quemarla, y su general a duras penas pudo salvarla, asegurándose que la ciudad acogería mejor la victoria romana si estaba intacta, que si era incendiada. Tal fue el final de las campañas de Augusto y también de la revuelta de Hispania; su fidelidad fue asegurada al punto, lo mismo que una paz eterna, gracias al cambio sobrevenido en el temperamento mismo de sus habitantes, desde entonces más dispuestos a llevar una vida pacífica, así como a las medidas de Augusto.
Temiendo la confianza que les inspiraban sus montes, refugio seguro para ellos, (Augusto) les obligó a habitar y vivir en el emplazamiento de su campamento, puesto que estaba en el llano: allí se celebraría la asamblea de la nación y deberían conservar ese lugar como capital. Estas medidas se veían favorecidas por la naturaleza del país: toda la región vecina contenía efectivamente oro, malaquita, minio y abundancia de otros productos. En consecuencia, Augusto ordenó que se explotase el suelo: así, los astures, esforzándose en trabajar la tierra para el provecho de otros, comenzaron a conocer sus propios recursos y riquezas.”

Sobre la derrota de los astures. Floro II, 33, 54-60



Comentario.

Nos encontramos ante un texto historiográfico escrito por Lucio Anneo Floro (siglo I-II d. C), historiador romano y autor de Epítome, un compendio de la historia de Roma en cuyas páginas encontramos diferentes referencias a Hispania, especialmente interesante en cuanto que el autor relaciona la Península con el destino de Roma.
En su obra Floro reseña, entre otros episodios, los acaecidos durante las denominadas Guerras Cántabras (29-19 a.C.), esto es, los enfrentamientos bélicos que Augusto entabló contra astures y cántabros, una larga campaña de  conquista que dirigió personalmente con  la que completó el sometimiento del territorio de la Península Ibérica. Estas Guerras ya habían sido descritas por otro historiador romano, Tito Livio, persona cercana al círculo del emperador Augusto. Lamentablemente no disponemos de este relato de Tito Livio más que a través de los resúmenes que del mismo realizó Floro en su trabajo. Por lo tanto el texto objeto de este comentario pertenece a una época claramente posterior a la de los hechos narrados.
Si bien la obra en que se incluye el fragmento Sobre la derrota de los astures tiene un marcado carácter histórico y está escrita para un público general debemos recordar que Floro quiere transmitir a modo de panegírico las proezas, la gloria de Octavio Augusto el hombre que creó un nuevo régimen político en la Historia de Roma, el Imperio. Significativo que en el texto el autor muestre su parcialidad al considerarse integrante del bando vencedor (supuso para nosotros una victoria el haber impedido sus proyectos…) con todo lo que ello supone de subjetividad.
El texto. La idea principal que extraemos de su lectura es que el episodio bélico entre astures y romanos supuso la victoria de Augusto y con ella la derrota de uno de los pueblos que más tenazmente se habían resistido a la dominación romana, así pues toda Hispania queda bajo el control del César.
Floro detalla los enfrentamientos entre ambos bandos destacando el valor de los astures y la buena estrategia seguida al planear un ataque simultáneo sobre los tres campamentos romanos posiblemente ubicados en distintos tramos del río Astura (el centro de operaciones de los romanos y base de un importante contingente de tropas estaba asentado en el enclave de Asturica Augusta, Astorga).
Siguiendo la narración del historiador el factor que decantó la victoria a favor de Carisio, legado de Augusto en Lusitana, fue la traición de los bringuecinos al delatar los planes astures. Deducimos por sus palabras que la lucha entre ambos bandos debió ser muy dura, extremadamente cruenta.
En cuanto a los escenarios concretos de los combates no existe un consenso entre los investigadores. Sobre los lugares que se mencionan en el texto y considerando que los astures ocupaban más o menos parte del territorio de la actual Asturias, León y Zamora, podemos situar las nevadas montañas de las que descendían los astures en los Montes de León, en tanto que el mencionado campamento astur a orillas del río Astura podría corresponder al actual río Esla y la ciudad de Lancia, refugio de los astures en su retirada, estaría relacionada con el castro de Las Labradas situado en el municipio de Arrabalde en Zamora. El territorio de los bringuecinos sería el actual Benavente.
Una vez derrotados los astures,  los romanos queman los castros, matan o esclavizan a los hombres al tiempo que les obligan a abandonar las montañas y asentarse en ciudades con guarniciones romanas. Estas medidas sirvieron para terminar con las revueltas pero no debemos olvidar que en estas zonas pervivieron costumbres y usos ancestrales porque el proceso de asimilación de la cultura romana fue más superficial que en otros lugares de Hispania.
En cuanto a los intereses romanos en la región de los astures son varios. En primer lugar recordemos los  motivos personales y de interés político de Augusto puesto que le convenía sumar a su ilustre carrera militar la victoria sobre un pueblo extranjero lo que elevaría su prestigio en la propia Roma. De ahí que ante las incursiones y sabotajes cántabros y astures sobre los pueblos ya romanizados decidiese entablar las luchas contra los rebeldes. Con ellas conseguiría además evitar focos de sublevación e independencia. A estos intereses políticos debemos añadir los económicos pues esta zona geográfica poseía ricos yacimientos  de oro que contribuyeron a mejorar la economía del Imperio. De hecho Floro alude explícitamente en el texto a la riqueza de la región en oro, malaquita, minio y otros productos. Motivo del que se sirve para realzar la figura de Augusto al recordarnos que gracias a su idea de explotar el suelo los astures habían conocido las riquezas de su propia tierra.


viernes, 21 de marzo de 2014

Epigrama de Antífilo de Bizancio: Bajorrelieve de Arquelao de Priene




Bajorrelieve de Arquelao de Priene 





























–Libros, ¿De quién sois? ¿Qué lleváis dentro? 

–Somos hijos del Meónida[i], conocedores 
de la historia de Ilión.
Uno de nosotros narra la cólera de Aquiles, 
las hazañas de la mano de Héctor 
y las batallas de los diez años de guerra;
el otro las penalidades de Odiseo y las lágrimas
de la virtuosa Penélope junto al lecho vacío.

–Sed benévolos en compañía de las Musas, 
pues gracias a vuestros cantos
los siglos afirman que son once las Piérides[ii].

(Antífilo de Bizancio, AP II 58, Edit. Gredos)



Este epigrama parece corresponder a la descripción del bajorrelieve de Arquelao de Priene (aprox. 125 a. C.) cuya copia se conserva en el Museo Británico y representa la apoteosis de Homero con la Iliada y la Odisea personificadas. 
Buscando la imagen casualmente encontré un artículo sobre este bajorrelieve, adjunto  el enlace, 





[i] Homero. Se le llama así por ser Meonia un topónimo que designa a Lidia, una de las posibles cunas de Homero.

[ii] Las nueve Musas tradicionales mas los dos libros de Homero.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Mercurio navega de nuevo




 © Alice and Martin Provensen



¡Qué gusto reencontrarnos! 

Después de unas vacaciones tranquilas y placenteras aquí estamos de nuevo. Este curso viene  con nuevos proyectos para mí por lo que preveo que el tiempo del que pueda disponer para publicar en el blog no será todo el que quisiera. Aun así a esta nave de Mercurio se subirán unos colaboradores insuperables: Homero, Hesíodo, Eurípides, Sófocles, Ésquilo, Aristófanes, Heródoto, Tucídides, Zenón, Safo, Píndaro, Demóstenes, Teócrito, Apolonio, Jenofonte, Eratóstenes, Aristarco, Luciano, Plutarco, Lisias, Arriano, Polibio, Teófanes, Sócrates, Aristóteles, Virgilio, Horacio, Séneca, Cicerón, Ausonio, Ovidio, Juvenal, Catulo, Apuleyo, Petronio, Tito Livio, Catón, Plinio, Tácito, Julio César, Fedro, Lucano, Vitruvio, Cervantes, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Hernando de Acuña, Baltasar del Alcázar, Juan de Tassis, Espronceda, Bécquer, Campoamor, Rosalía de Castro, Calderón de la Barca, Cadalso, Unamuno, Clarín, Galdós, Juan Ramón Jiménez, Delmira Agustini, Salinas, César Vallejo, Jorge Guillén, Vicente Huidobro, Blas de Otero, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Alberti, Neruda, Altolaguirre, Ángel González, José Hierro, Goytisolo, Gil de Biedma, Vázquez Montalbán, Delibes, Cortázar, Buero Vallejo, Leopoldo María Panero, Olvido García Valdés, Ana Rossetti, Juan Gelman, Rafael Cadenas, Clara Janés… Y muchos más, algunos os sorprenderán.

La música estará presente de forma habitual al igual que la pintura, arquitectura... el mundo  de las Artes en general, sin olvidar que este es un espacio para la opinión propia y la de otros.  

Comenzamos con poesía, fotografía y música.



Los versos de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973).

Mensajera del más allá, tú vienes
con forma de mujer, pero el abismo
se cierne junto a ti tan dulcemente.

Bronwyn,
constelaciones pálidas esperan
en medio de otros cielos con tu luz.





Fotografía.


       Nicholas Garlab© – Sugar in red




Y  Bach, ¡siempre!



martes, 9 de abril de 2013

El micro-relato de Marco Denevi: Una forma original de entender el mito clásico.






Marco Denevi (1922-1998). 


Escritor argentino.  Original, inteligente, irónico, un maestro indiscutible del micro-relato.  Denevi recrea el mito clásico de una forma muy personal, novedosa, sorprendente. Veamos algún ejemplo de estos textos breves.


En Traducción femenina de Homero son Penélope y Andrómaca (esposas a la sombra de los héroes Ulises y Héctor en la Odisea y la Iliada)  quienes se convierten en protagonistas. Denevi interpreta el mito de una forma diferente pero intensa.


Alix von Pierre-Michel, Andrómaca 


Traducción femenina de Homero

Toda la Odisea, con sus viajes, sus naufragios, sus sirenas, sus hierbas mágicas, sus animales míticos, sus palacios misteriosos, sus aventuras y sus desastres es, para Penélope, una inútil y tediosa demora en sus amores con Ulises. Mientras tanto Andrómaca refunfuña: “Que el viejo Homero cuente la historia a su manera. Yo daré mi versión. Yo que la he vivido. Yo, una pobre mujer desdichada. Primero, recuerdo, fue la prohibición de salir de la ciudad. Después tuve que pulir escudos, coser sandalias, fabricar flechas hasta que las manos se me llagaron. Después vendar heridas que sangraban y supuraban y enterrar a los muertos. Después escasearon los víveres y nos alimentábamos de ratas y raíces. Después perdí a mi marido y a mis hijos. Después el ejército invadió la ciudad y abusó de mí y de mis hijas. Por fin el vencedor me hizo su esclava.



En Silencio de sirenas cambia la perspectiva y en clave de humor Denevi revisa el famoso episodio de la Odisea en el que Ulises y sus compañeros de viaje se encuentran con las ninfas del mar. 

Sin duda no hay peor insulto que el silencio de las sirenas.
 
 Herbert James Draper, Ulises y las sirenas



Silencio de sirenas

Cuando las Sirenas vieron pasar el barco de Ulises y advirtieron que aquellos hombres se habían taponado las orejas para no oírlas cantar (¡a ellas, las mujeres más hermosas y seductoras!) sonrieron desdeñosamente y se dijeron: ¿Qué clase de hombres son éstos que resisten voluntariamente a las Sirenas? Permanecieron, pues, calladas, y los dejaron ir en medio de un silencio que era el peor de los insultos.



En El trabajo nº 13 de Hércules el escritor argentino revive el mito griego de Heracles (el Hércules de los romanos). Al ciclo de los Doce Trabajos del conocido héroe le añade uno más, singular y con una buena dosis de humor.

 Emmanuel Benner 
Hércules entre la virtud y el vicio


El trabajo nº 13 de Hércules

Según el apócrifo Apolodoro de la Biblioteca:
– Hércules se hospedó durante cincuenta días en casa de un tal Tespio, quien era padre de cincuenta hijas a todas las cuales, una por una, fue poniendo en el lecho del héroe porque quería que este le diese nietos que heredasen su fuerza. Hércules, creyendo que eran siempre la misma, las amó a todas.
El pormenor que Apolodoro ignora o pasa por alto es que las cincuenta hijas de Tespio eran vírgenes. Hércules, corto de entendederas como todos los forzudos, siempre creyó que el más arduo de sus trabajos había sido desflorar a la única hija de Tespio.




Para finalizar os dejo otro micro-relato, todo un ejemplo de brillantez verbal  construida en apenas diecinueve palabras. Por cierto el “Veritas odium parit” (la verdad genera odio) ¿a quién os recuerda? Claro, a ¡Terencio!; en su Andria lo encontraréis.


Veritas odium parit

–Traedme el caballo más veloz –pidió el hombre honrado–. Acabo de decirle la verdad al rey.







lunes, 8 de abril de 2013

Eugenio Montejo: Navegando hacia Ítaca





Fotografía:  Amelia G. Suárez



















Ἄνδρα μοι ἔννεπε, μοῦσα, πολύτροπον, ὃς μάλα πολλὰ
πλάγχθη, ἐπεὶ Τροίης ἱερὸν πτολίεθρον ἔπερσεν·
πολλῶν δ᾽ ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω,
πολλὰ δ᾽ ὅ γ᾽ ἐν πόντῳ πάθεν ἄλγεα ὃν κατὰ θυμόν,
ἀρνύμενος ἥν τε ψυχὴν καὶ νόστον ἑταίρων.
  (Ὁμήρου Ὀδύσσεια)


Háblame, ¡Oh Musa! del hombre ingenioso, que mucho tiempo
anduvo errante, tras devastar la sagrada fortaleza de Troya;
que vio las ciudades de muchos hombres y conoció su pensamiento,
aquel que en el mar soportó numerosos tormentos en su ánimo,
luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria.
(Homero, Odisea)




Así comienza nuestro viaje, surge de la voz del inmortal aedo griego Homero que porta en sus palabras el destino del héroe, el valeroso Ulises. Entre retornos aventureros, búsquedas incesantes y olvidos involuntarios nuestro héroe sufre un duro periplo para alcanzar el horizonte de su patria, Ítaca. Y así convierte su extraordinaria odisea en un canto inmortal que simboliza la lucha de todo hombre por encontrar sus propias raíces, la esencia de su propio ser. Todo un símbolo que se recrea una y otra vez en el imaginario poético de tantos escritores de épocas y estilos bien diferentes. Alguno de ellos ya se ha subido a la nave de Mercurio. Faltan otros, llegarán.

Navegamos  hoy entre los versos de Eugenio Montejo (1938 -2008).  En Ítaca la magia de la palabra del poeta venezolano rinde homenaje a uno de los más reconocidos poetas griegos, Kavafis.  

El hombre en su eterno viaje hacia el encuentro consigo mismo. Todos somos Ulises, caminando sin saber con exactitud dónde se encuentra nuestra particular Ítaca, ni siquiera si está dentro o fuera de nosotros.  Trayecto inevitable que nos llevará a nuestro destino sin importar la distancia recorrida. Debemos estar preparados porque no hay lugar ni tiempo donde esconderse, el momento llegará, el hombre ante sí mismo, sin mentiras, sin máscaras ni disfraces y allí en el centro de nuestro ser, deberemos mostrar el verdadero Ulises que portamos.





Ítaca
(Para un homenaje a Konstantinos Kavafis)

  Por esta calle se va a Ítaca
y en su rumor de voces, pasos, sombras,
cualquier hombre es Ulises.
Grabado entre sus piedras
se halla el mapa de esa tierra añorada.
¡Síguelo!

  El pájaro que escuchas está cantando en griego.
No lo traduzcas. No va ahorrarte camino.
Aquellas nubes vienen de su mar.
¡Contémplalas!
Son más puros los cielos de las islas.

  Por esta calle, en cualquier auto,
hacia el norte o el sur
se viaja a Ítaca.
En los ojos de los paseantes arde su fuego,
sus pasos rápidos delatan el exilio.
Aún sin moverte –como estos árboles-
hoy o mañana llegarás a Ítaca.
Está escrito en la palma de tu mano
como una raya que se ahonda, día tras día,
aunque te duermas, despertarás en Ítaca.

  La lluvia de este valle,
todo lo arrastra, despacio, hasta sus puertas,
no tiene otro declive.
Ya puedes anunciarnos tu llegada,
buscar hotel, dar al olvido tu destierro.
Por esta calle no ha cruzado un hombre,
que al fin, no alcance su paisaje.
Prepara el corazón para el arribo,
una vez en su reino, muestra tu magia.
Será el reto supremo del exilio.

  A ese mar no se miente,
la furia de sus olas todo lo hace naufragio.
Pero no te amilanes.
¡Demuéstranos que siempre fuiste Ulises!

Eugenio Montejo,  (Alfabeto del Mundo)






miércoles, 19 de diciembre de 2012

Penélope, reina de Ítaca




John William Watherhouse, Penélope 




Penélope, paradigma de mujer hermosa, símbolo de la lealtad en el amor. Esta reina de Ítaca que durante más de veinte años con inquebrantable firmeza esperó el regreso de su amado Ulises representa el modelo sublime e idealizado de esposa. Ella nos ha sido legada por la mano del inmortal Homero que en su Odisea ha creado este mito formando una mujer sin duda a la altura del gran héroe protagonista, el astuto Ulises. El gran rey de Ítaca que acude a la guerra de Troya y allí permanece diez años hasta que su ingenio, favorecido siempre por la diosa Atenea, determina la victoria de los griegos frente a los aguerridos troyanos. Otros diez años durará el viaje de retorno de Ulises a su reino. Mientras su bella esposa le aguarda en una virtuosa espera, consiguiendo engañar a los pretendientes que deseaban aceptase la desaparición del héroe griego para unirse a ella en un nuevo enlace, en tanto dilapidaban los bienes del palacio. Penélope, inteligente y hábilmente les engaña durante mucho tiempo con la excusa de tejer un sudario para Laertes; su agudeza y maestría logran destejer durante la noche lo tejido durante el día y así les supera y triunfa sobre todos hasta que la fe en su amor se ve recompensada con el deseado regreso de Ulises. Veinte años después los dos amantes se reencuentran y así lo leemos en Odisea, canto XXIII:


“… y lloraba abrazado a su deseada, a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan..., así de bienvenido era el esposo para Penélope, quien no dejaba de mirarlo y no acababa de soltar del todo sus blancos brazos del cuello.”

“Y cuando habían gozado del amor placentero, se complacían los dos esposos contándose mutuamente, ella cuánto había soportado en el palacio, la divina entre las mujeres; contemplando la odiosa comparsa de los pretendientes que por causa de ella degollaban en abundancia toros y carnosas ovejas y sacaban de las tinajas gran cantidad de vino; por su parte, Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades había causado a los hombres y cuántas había padecido él mismo con fatiga. Penélope gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre sus párpados hasta que le contara todo.”



Desde Homero hasta hoy son muchos los autores que en diferentes campos de las Artes y con distintos propósitos se han interesado por este mito. Por centrarnos en la Literatura vemos que aparece en los antiguos como Platón en su obra Fedón, Teócrito, Ovidio o Apolodoro por citar algunos, pasando por Bocaccio en su De claris mulieribus;  nos la encontamos también en los emblemas de Alciato, cómo olvidar el poema La tela de Penélope de Robert Greene… y adentrándonos en épocas más recientes imposible obviar a Joyce y su Ulises,  Buero Vallejo y la obra La tejedora de sueños,  Jorge Luis Borges en Un escolio donde el amor de Ulises aparece como prototipo del verdadero amor. En fin sería imposible citar aquí a tantos magníficos escritores que se han sentido atraídos por la fuerza de esta leyenda homérica. Ejemplo actual de ello es el poema que he elegido y podéis leer a continuación, su autor es el poeta asturiano y profesor de Filología Latina en la Universidad de Oviedo, Aurelio González Oviés.




Penélope de Ulises

Más allá de su casa el calor de septiembre
crepita en las higueras;
Penélope de Ulises, fiel espartana,
se ha asomado al balcón donde borda por siempre
y ahuyenta una pareja de gansos atrevidos
que va picoteando la flor de sus hortensias.
La casa huele a pan, a recuerdo de harina,
A esperanza nacida de una esperanza vieja.
¿Volverá? Quién sabe si en el mar
o a la luz de los faros,
después de tanto tiempo, se sigue recordando.
Y de repente canta (bien sabe por qué canta)
y de la comisura de sus labios
pende un temblor que es casi ya una lágrima.

Y el sol llega a sus ojos como una pesadumbre
―no hay nada más hermoso, sin embargo, que el rostro
de Penélope con la estela brillante de las lágrimas―.
¿Volverá? En momentos como este no deja de bordar
por no llorar delante de doncellas,
mas sus dedos no saben si bordan una flor
sobre el sudario
o anudan otro pétalo a su pena.
No se parece en nada a la mujer de piel campesina,
la más esbelta de Itaca,
que antaño llegó a ser la esposa deseada,
porque de tanta espera,
de tanto deshacer la tela de sus días
cuando la noche entraba, va quedando con hilos
que descosen la carne de su cara.
Se parece muy poco a la de brazos níveos,
por abrazarse tanto al llanto del crepúsculo,
por rehusar promesas de tantos pretendientes,
esperando las velas de las naves rojizas
que las olas del tiempo jamás, tal vez, acerquen.
Y a veces ya le ocurre lo mismo que a su perro:
que de ladrar atado al pie de su destino,
tiene la tirantez ahogándole en el cuello,
una marca amarilla de soledad y hastío
que le ha robado olfato, el aullido y el pelo.
Y nunca pasa nada sino la vida en vano,
las horas se suceden girando en el vacío,
como una rueca muerta varada en unas manos
que no darán más vueltas. Lo tienen prometido.
Penélope de Ulises, la solitaria de Itaca,
la del balcón abierto por si escuchara pasos;
Penélope de Ulises, la eterna bordadora
de su presente aciago, de su futuro mítico.
La esposa envejecida como un griego olvidado.



El poema en audio







Penélope de Georges Brassens.






lunes, 18 de mayo de 2009

LITERATURA GRIEGA II

























Hoy repasaremos algunas características de los principales géneros literarios que se cultivaron en Grecia sin olvidar los aspectos sociales e históricos de cada época.



ÉPICA (siglo VIII a.C)

En un principio era oral: narraba historias en verso, en un sostén rítmico y musical adecuado.

Era una literatura espontánea que brotaba del pueblo e iba dirigida a él.

En esta época el poeta épico es un personaje casi divino, está en continua relación con la musa, (Mnemosine)

Algunos de los recursos utilizados eran: emplear un gran número de versos y medios versos repetidos; fórmulas de todo tipo y grado; escenas típicas de amor, de viajes, de guerras, etc.; catálogos de batallas y de genealogías; comparaciones y símiles; determinados esquemas de acción como el de la amistad, el de los celos, el de la cólera por el amigo muerto, el del sacrificio de la vida…

Sus principales representantes son: Homero (siglo VIII a.C.) y Hesíodo (siglo VII a.C.)

Homero con sus dos epopeyas Iliada y Odisea abre, para nosotros, la literatura griega. En estas obras el ambiente que se narra es el de una sociedad primitiva cuyos valores más altos son la gloria guerrera y el honor. Homero encuentra el modo de unir un ambiente, una vida, unos personajes (el mundo micénico), en un flujo narrativo que se apodera del oyente. Se vale de múltiples recursos para llenar los espacios imaginativos en la mente del que escucha. En sus obras se dan los más logrados modos de narrar, de homogenización del tiempo, del espacio, de coherencia de los personajes, de encadenamiento entre ellos. Sin duda en ellas hay un sentido heroico avasallador, aunque no se olvida de que el hombre depende siempre de los dioses.

La diferencia de clima espiritual entre la Iliada y la Odisea se aborda ya en los versos iniciales de ambos poemas: Cólera, muertes y cumplimiento de los designios divinos es lo que aparece en el proemio de la Iliada. Paciencia, salvación de sí mismo y de los demás y faltas más atenidas a la propia responsabilidad, en el prólogo de la Odisea.

Hesíodo, poeta de Beocia, utiliza un estilo similar al de Homero, pero su temática es muy diferente. En su obra Teogonía ofrece al pueblo griego las raíces divinas de su propia realidad. Y en Los trabajos y los días habla del cultivo de la tierra. Si lo comparamos con el mundo homérico, el espíritu hesiódico es más abstracto, más apegado a la tierra; su imaginación es menor, al igual que su poder narrador; pero tiene el peso de la sabiduría, el recuerdo de conocimientos tradicionales y una cierta profundidad filosófica. No debemos olvidar que Hesíodo es el primer poeta de Occidente que se nos aparece formulando sus propias inquietudes.



















LÍRICA (siglo VII a.C.)

Su nombre viene determinado por su forma: era una poesía tocada al son de la lira. Pero con esta afirmación también debemos recordar que algunos cantos como la elegía y el ditirambo no se acompañaban con la lira, sino con la flauta.

Coexiste con el desarrollo de las polis que van tomando conciencia de su poder, de que eran algo más que un conjunto de familias. Comienzan a surgir las legislaciones griegas (Dracón, Solón...)

El individuo ya no sólo se recrea en los hechos del pasado, sino que empieza a centrarse en las inspiraciones, los sentimientos, etc. que producen los hechos del presente.

En el mundo de la lírica hay todo un abanico de posibilidades expresivas: diferentes metros, estructura variada…

Podemos encontrar los siguientes subgéneros:

 La lírica monódica: probablemente sea la expresión del canto de un solista. El verso no es excesivamente complicado y sus líneas no son muy largas pero están llenas de sentimientos personales. Autores destacados son Safo y Alceo. 
 La lírica coral: en ella había una enorme libertad de expresión, aunque prevalecía la gran forma que incorporaba elementos narrativos y que se encarnaba métricamente en estrofas de gran complejidad. El máximo representante es Píndaro de Tebas.
 La lírica yámbica: tiene un claro carácter popular, con un tono unas veces despiadado, otras veces humorístico pero casi siempre burlón; el metro que usaba era muy cercano a la lengua hablada. Su máximo representante es Arquíloco.
 La lírica elegíaca: aunque sus orígenes están ligados al mundo religioso y más concretamente a los cantos de duelo, sin embargo presenta una temática muy distinta según los diferentes autores que la cultivaron: aparece la defensa propia, la indoctrinación moral, la exaltación, etc. Su metro es el dístico elegíaco, y sus representantes son Calino de Éfeso, Tirteo, Mimnermo, Solón y Teognis.
 El epigrama: son poesías breves que se reducen preferentemente a una pareja de versos. Se supone que la elegía influiría como lamento fúnebre en el epigrama sepulcral y como canto a los dioses en la ofrenda. Los epigramas más antiguos son anónimos, de ahí que resultase fácil adjudicar los más logrados a grandes poetas.

























TEATRO (siglo VI a.C.)

A finales del siglo VI con la expulsión de los tiranos, e incluso antes, en Atenas comienzan a celebrarse competiciones teatrales. Y así el tirano Pisístrato (543 a.C.) fue quien instituyó los primeros certámenes dramáticos para conseguir el favor del pueblo ateniense.

Al género literario dramático pertenecen aquellas obras escritas para ser representadas al aire libre en un escenario, ante un público y a través de unos actores que las interpretaban.

En el teatro confluyen los siguientes elementos: musical, mimético-narrativo y ritual.

Podemos decir que la historia del teatro, tal como lo conocemos (teatro de mármol, con una escena profusamente decorada…) arranca en Atenas, en el 330 a.C., con el gran teatro de Licurgo. Luego fue muy imitado y así en el siglo IV nos encontramos con el teatro de Epidauro, con teatros en Sicilia, etc. Y es que el teatro se convirtió en un género eminentemente popular.

El origen de las diferentes formas dramáticas ha sido muy discutido, y no se ha llegado a un acuerdo sobre una teoría concreta (aunque podríamos destacar la que postula el origen de la tragedia en el ditirambo, danza que se realizaba en honor del dios Dioniso; la comedia, en cambio, vendría de los que iniciaban los cantos fálicos que eran actuaciones de tipo ritual relacionadas con la fecundación). Lo que sí queda claro es la distinción entre: La tragedia, la comedia y el drama satírico.

Nos dice Aristóteles que la Tragedia (534) es la imitación de una acción seria y completa que tiene una determinada magnitud y está dotada de un lenguaje agradable, actuando los personajes en escena y no por relato, obteniendo por la compasión y el temor la purificación de los sentimientos.
En un principio la tragedia era más musical que hablada debido al origen coral del teatro. Por eso sus elementos básicos son el coro y los actores.
Los actores (siempre hombres) vestían de forma solemne, usaban un calzado muy elástico, de cuero flexible llamado coturno y utilizaban la máscara para representar varios personajes, incluso femeninos.

En cuanto a los autores de la tragedia destacamos a Esquilo, Sófocles y Eurípides.

La Comedia comparte ciertos rasgos con la tragedia, pero hay otros que sólo aparecen en ella. Su aportación principal fue la parábasis, un momento de la obra en que los actores se dirigen al público para pedirle, entre otras cosas, que concediese el voto ganador del certamen a su obra.

En la comedia se suele parodiar la situación social y política con un lenguaje vivo y popular.


Podemos dividir la comedia en: Comedia Antigua, cuyo máximo representante es Aristófanes, Comedia Media y Comedia Nueva representada por Menandro. Esta última ha tenido una gran influencia en los autores latinos y a través de ellos en el teatro de Occidente.




























EL MIMO

Se incluye dentro del drama de época helenística.

En la gramática de Diomedes se dice que el mimo es una representación de vida que trata de los acuerdos y desacuerdos.

En el mimo a menudo se prescinde de una situación agonística y es lo que hace que sea más directo, más cercano, pues representa cosas sencillas, naturales, cotidianas.

En el mimo queda patente su carácter improvisatorio, su lenguaje coloquial cargado de insinuaciones, de dobles sentidos, etc.

Tiene unos orígenes relacionados con Sicilia y en especial con las figuras de Epicarmo y Sofrón (siglo V).

Sofrón dio prácticamente vida a un género que pertenecía a la inventiva popular.

El mimo es una manera de representación pero no representable, porque es mímesis pero le faltan las condiciones externas para esa representación.
En ocasiones se relaciona con la pantomima.

Mención especial merece el poeta griego Herodas (en griego Ἡρώδας). Se sitúa su nacimiento en la isla de Cos, alrededor del 300 a.C. Escribe en una lengua literaria, muy artificiosa con predominio de elementos jónicos. A sus obras se las denomina mimiambos, algunos autores creen que eran pequeñas escenas humorísticas en verso simplemente para leer; en cambio otros piensan que también se representaban pero por un solo actor; hay quienes apuntan a una posible representación de los mimos como una obra de teatro normal. Aunque la mayoría de autores admiten que fuese una especie de recital, o bien de una persona o bien para leer un público en particular.