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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Flora y Céfiro. Ovidio / Al Mutamid / Enrique Morente




Henrietta Rae, Céfiro cortejando a Flora, c. 1888


































Gozo de una primavera eterna… 
mi esposo cubrió de flores este jardín y me dijo: 
"Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”

                                         (Ovidio, Fastos V)




Te he visto en sueños en mi lecho
y era como si tu brazo mullido fuese mi almohada,
era como si me abrazases y sintieses
el amor y el desvelo que yo siento,
es como si te besase los labios, la nuca,
las mejillas, y lograse mi deseo.
¡Por tu amor! si no me visitase tu imagen
en sueños, a intervalos, no dormiría más.

(Al Mutamid, Amor Onírico)








ENLACES:


Los Fastos de Ovidio

Flora / Cloris



sábado, 29 de junio de 2013

Pegaso





©  Teodoru Badiu, Pegasus Divided



















Pegaso. Caballo con alas, hijo del dios Posidón y de la Gorgona Medusa.  Es llamativo el episodio que nos relata su nacimiento emergiendo de la sangre de su madre tras ser decapitada por Perseo.

Entre sus hazañas está el haber ayudado a Belerofonte a terminar con la terrible Quimera, ser monstruoso de dos cabezas (una de león, otra de cabra) y cola de serpiente.

El relato mítico también nos dice que estando un día Pegaso en el monte Citerón golpea el suelo con su casco y en ese lugar brota un manantial conocido como la fuente Hipocrene (“fuente del caballo”).

Zeus lo convertirá en una hermosa constelación boreal.



En el libro V de las Metamorfosis del poeta Ovidio leemos:


Hactenus aurigenae comitem Tritonia fratri               
se dedit; inde cava circumdata nube Seriphon
deserit, a dextra Cythno Gyaroque relictis,
quaque super pontum via visa brevissima, Thebas
virgineumque Helicona petit. quo monte potita
constitit et doctas sic est adfata sorores:              
“fama novi fontis nostras pervenit ad aures,
dura Medusaei quem praepetis ungula rupit.
is mihi causa viae; volui mirabile factum
cernere; vidi ipsum materno sanguine nasci.”


Hasta aquí la tritonia acompañó a su hermano,
el nacido de la lluvia de oro. Luego abandonó Serifos 
envuelta en las volutas de una nube y, dejando 
a su derecha Citnos y Gíaros, se dirigió a Tebas 
y al Helicón, montaña de las vírgenes, por donde
le pareció que era más corto el trayecto sobre el mar. 
Una vez llegada a la montaña, descendió, 
y de este modo les habló a las doctas Musas:
"Ha llegado a mis oídos la fama del nuevo manantial
que con su duro casco abrió el alado Pegaso.
Es ésta la causa de mi venida, pues quise ver tan gran 
prodigio; yo misma lo vi nacer de la sangre de su madre".




miércoles, 12 de junio de 2013

La metamorfosis de Narciso: De Ovidio a Dalí





Dalí, La metamorfosis de Narciso


















La metamorfosis  de Narciso, pintado por Dalí en 1937, es un cuadro de una gran belleza y profundidad donde confluyen tradición clásica y psicoanálisis.

El mito de Narciso que recoge el cuadro nos recuerda inevitablemente al joven y bello hijo del río Cefiso y de la ninfa Liríope  que aparece en las Metamorfosis de Ovidio.



El mito clásico.

Nos cuenta el poeta de Sulmona que Liríope, tras dar a luz, acude al oráculo deseando conocer  si su hijo Narciso viviría hasta la madura vejez a lo que el adivino Tiresias responde: “Siempre que no se conozca”.   
Enigmáticas palabras que escondían un fatídico augurio pues aquel niño con el paso de los años se convertiría en un hermoso joven digno de ser amado y deseado por jóvenes y muchachas pero estaba dominado por el mal de la soberbia. Prepotente en su ego no hacía sino burlarse de cuantas ninfas y muchachos se le acercaban, ¿quién puede olvidar el dolor de la sonora Eco cuando avergonzada y despreciada por Narciso se ocultó en el bosque viviendo en solitarias cuevas hasta que su triste cuerpo debilitado por las desveladas aflicciones se evaporó en el aire sobreviviendo tan solo su voz?

Pero Narciso ignoraba que las palabras pronunciadas por el augur habrían de cumplirse y sufriría un estéril autoenamoramiento al contemplar su propia imagen entre las aguas. Justo castigo, recibió de sí mismo tanto dolor como había sembrado.


hic puer et studio venandi lassus et aestu
procubuit faciemque loci fontemque secutus,
dumque sitim sedare cupit, sitis altera crevit,               
dumque bibit, visae correptus imagine formae
spem sine corpore amat, corpus putat esse, quod umbra est.
adstupet ipse sibi vultuque inmotus eodem
haeret, ut e Pario formatum marmore signum;
spectat humi positus geminum, sua lumina, sidus               
et dignos Baccho, dignos et Apolline crines
inpubesque genas et eburnea colla decusque
oris et in niveo mixtum candore ruborem,
cunctaque miratur, quibus est mirabilis ipse:
se cupit inprudens et, qui probat, ipse probatur,              
dumque petit, petitur, pariterque accendit et ardet.
inrita fallaci quotiens dedit oscula fonti,
in mediis quotiens visum captantia collum
bracchia mersit aquis nec se deprendit in illis!
quid videat, nescit; sed quod videt, uritur illo,              
atque oculos idem, qui decipit, incitat error.
credule, quid frustra simulacra fugacia captas?
quod petis, est nusquam; quod amas, avertere, perdes!
ista repercussae, quam cernis, imaginis umbra est:
nil habet ista sui; tecum venitque manetque;               
tecum discedet, si tu discedere possis!
Non illum Cereris, non illum cura quietis
abstrahere inde potest, sed opaca fusus in herba
spectat inexpleto mendacem lumine formam
perque oculos perit ipse suos; paulumque levatus              
ad circumstantes tendens sua bracchia silvas
'ecquis, io silvae, crudelius' inquit 'amavit?



Allí se recostó el joven y admiró el hermoso sitio 
       y su manantial,
y cuando quiso calmar la sed, otra sed comenzó 
       a crecer con él,
y, mientras bebía, atrapado por la imagen de su belleza, 
       se enamoró
de una ilusión incorpórea, pues creyó que tenía cuerpo 
       lo que sólo era agua.
Maravillóse de sí mismo y quedó pendiente, inmóvil 
       el rostro,
como una estatua hecha de mármol de Paros;
apoyado en el suelo, contempló la doble estrella de sus ojos,
sus cabellos dignos de Baco, dignos también de Apolo,
y sus imberbes mejillas y el marfil de su cuello
y la belleza de su boca y su rubor mezclado con el blanco 
       de la nieve,
y admiró todos los rasgos por los que él mismo 
       era admirable;
se deseó, sin darse cuenta, a sí mismo, y aprobó 
       y fue aprobado,
y buscó y fue buscado, y, a la vez, incendiaba y ardía.
¡Cuántas veces besó inútilmente las aguas engañosas;
cuántas veces sumergió los brazos para tomar el cuello
que veía en medio de la fuente, y no pudo atraparse 
       con sus brazos!
No sabía qué estaba viendo, pero moría por su causa,
y lo empujaba la misma ilusión que defraudaba sus ojos.
¿Por qué intentas atrapar, crédulo, imágenes 
       vanas y fugaces?
¡No está en ningún lado lo que deseas! ¡Deja ya lo que amas,
Pues lo perderás! Esa que veías era una sombra, 
       la imagen de tu reflejo;
no tenía nada propio; ella venía y permanecía contigo;
y se habría marchado contigo, si hubieras podido marcharte.
Ni la necesidad de alimento ni tampoco la de descanso
pudieron alejarlo de allí, sino que, recostado en la umbría 
       hierba,
contemplaba con insaciable mirada la belleza engañadora
y por sus propios ojos se moría. Entonces, levantándose 
       un momento,
tendió los brazos al bosque que lo rodeaba, y dijo: ¡”Oh,
        bosques!
¿Quién amó con fortuna más cruel?


Concluye el relato con un joven Narciso deseando la muerte como única liberadora de tanto dolor. Entre lamentos y golpes infligidos por sí mismo su cuerpo languidece admirando la belleza de su amado (su propia imagen reflejada en el agua).  Una vez la muerte le cerró los ojos fue llorado por  náyades y dríades mientras preparaban la pira y las antorchas para la ceremonia fúnebre mas su cuerpo no apareció sobre la verde hierba, en su lugar encontraron una flor de color azafrán con su centro rodeado por pétalos blancos.

Hasta aquí el mito. Os recuerdo de nuevo que para las Metamorfosis elegimos como lectura la traducción de Emilio Rollié (Editorial Losada).



El cuadro.

En el óleo observamos dos figuras en secuencia que se miran en las aguas. En la primera contemplamos al joven arrodillado admirando su imagen (¿nos recuerda al Narciso de Caravaggio?), justo detrás vemos unas siluetas delgadas simbolizando sus enamorados. Al lado encontramos otra figura con similar estructura. Parece una estatua caliza, desgastada, con la forma de una mano que porta en la punta de sus dedos un huevo de donde surgirá un nuevo Narciso, transformado en flor. 
En el cuadro de Dalí el joven consigue evitar la muerte, en su caso será el amor de Gala quien lo salve.

Este óleo tiene otra peculiaridad, apasionante, y es que el pintor ampurdanés en el mismo 1937 compuso un poema publicado en Éditions Surrealistes indicando que debía leerse al tiempo que se contempla el cuadro.  Con estas palabras explicaba el propio Dalí este maridaje entre literatura y pintura: “Por primera vez un cuadro y un poema surrealistas implican objetivamente la interpretación coherente de un tema irracional desarrollado”.


Sólo queda de él
el alucinante óvalo de blancura de su cabeza,
su cabeza otra vez más tierna,
su cabeza crisálida de prejuicios biológicos,
su cabeza sostenida por las puntas de los dedos del agua,
por las puntas de los dedos
de la mano insensata
de la mano terrible
de la mano coprofágica,
de la mano mortal
de su propio reflejo.
Cuando esta cabeza se hienda,
cuando esta cabeza se resquebraje,
cuando esta cabeza estalle,
aparecerá la flor,
el nuevo Narciso,
Gala:
mi narciso.

(Fragmento del poema)



Otro dato que nos da idea de la importancia del cuadro es que el propio pintor consciente de su simbolismo y belleza lo llevó en su viaje a Londres, julio de 1938, para mostrárselo a Freud, conocido por todos como “el padre del psicoanálisis”. Este tras ver el cuadro hizo el siguiente comentario:  Hasta hoy, me había inclinado a pensar que los surrealistas -que parece que me eligieron como su santo patrón- estaban totalmente locos. Pero este joven español, de ojos fanáticos y un dominio técnico indiscutible, me ha sugerido una opinión distinta. De hecho, sería muy interesante explorar analíticamente el crecimiento de una obra como ésta…


Siguiendo las palabras de Freud os dejo explorando el cuadro de Dalí al tiempo que leyendo las Metamorfosis de Ovidio; permitidme solo una última reflexión, ¿qué sería de nosotros, de nuestra lengua, literatura, pintura,… de todo concepto de Arte sin el inapreciable legado de griegos y romanos?  


Salutem! 


martes, 23 de abril de 2013

El mito de Apolo y Dafne





Théodore Chassériau,  Apolo y Dafne



Hoy celebramos el día del libro recordando las Metamorfosis de Ovidio y en concreto uno sus mitos, el de Apolo y Dafne.

De las diferentes traducciones que se han hecho de esta obra he elegido para que nos acompañe la realizada por Emilio Rollié, publicada por la editorial Losada. Aquí queda el apunte por si a alguien le interesa adquirirla.

En los quince libros que componen las Metamorfosis el poeta de Sulmona narra una serie de leyendas temáticamente independientes si bien en todas se produce algún tipo de “transformación”.

Así, leemos al inicio del Libro I:


In nova fert animus mutatas dicere formas
corpora; di, coeptis (nam vos mutastis et illas)
adspirate meis primaque ab origine mundi
ad mea perpetuum deducite tempora carmen!


Me lleva mi espíritu a hablar sobre los cambios de forma
que renovaron los cuerpos. Alentad mi proyecto, dioses,
ya que vosotros también las cambiasteis, y guiad hasta mis días
desde el remoto origen del mundo un poema de largo aliento.



Dejando al margen la consideración de si este largo poema pertenece al género épico o no, lo cierto es que esta obra ha sido admirada como una de las mejores  de Ovidio.




APOLO Y DAFNE


Antonio del Pollaiolo,  Apollo and Daphne


Relata el poeta que el dios Apolo, tras matar a la temible serpiente Pitón, engreído y soberbio por el triunfo detiene su mirada en el pequeño Cupido mientras este tensa el arco. Febo se burla del hijo de Venus y menospreciando sus poderes le invita a ocuparse de asuntos más livianos, los del amor. Esta actitud fanfarrona de Apolo provoca la cólera de Cupido que para dejar bien claro quién era el más poderoso de los dos toma de su aljaba dos flechas, a Apolo le clava la de la punta de oro (cuando esta te alcanza inevitablemente caes rendido en las redes del amor), la segunda de plomo que provoca el más absoluto rechazo la dirige a la hermosa ninfa Dafne. Como no podía ser de otro modo Febo se enamora perdidamente de la bellísima dríade a la que desea con loca pasión pero sus intentos por ser correspondido son en vano. Ella desprecia  cualquier acercamiento por lo que molesta y contrariada ante el asedio del dios emprende la huída hasta que agotada por el cansancio y sintiéndose presa de un destino no deseado le suplica a su padre el dios del río, Peneo, que la libere. Sus ruegos son atendidos y es transformada en laurel. Apolo ante la imposibilidad de obtener a su amada rodea con sus brazos el tronco del árbol y delicadamente separa unas ramas con las que teje una corona; será el laurel a partir de este momento símbolo del dios que nunca envejecerá.  


Primus amor Phoebi Daphne Peneia, quem non
fors ignara dedit, sed saeva Cupidinis ira,
Delius hunc nuper, victa serpente superbus,
viderat adducto flectentem cornua nervo               
'quid' que 'tibi, lascive puer, cum fortibus armis?'
dixerat: 'ista decent umeros gestamina nostros,
qui dare certa ferae, dare vulnera possumus hosti,
qui modo pestifero tot iugera ventre prementem
stravimus innumeris tumidum Pythona sagittis.              
tu face nescio quos esto contentus amores
inritare tua, nec laudes adsere nostras!'
filius huic Veneris 'figat tuus omnia, Phoebe,
te meus arcus' ait; 'quantoque animalia cedunt
cuncta deo, tanto minor est tua gloria nostra.'              
dixit et eliso percussis aere pennis
inpiger umbrosa Parnasi constitit arce
eque sagittifera prompsit duo tela pharetra
diversorum operum: fugat hoc, facit illud amorem;
quod facit, auratum est et cuspide fulget acuta,               
quod fugat, obtusum est et habet sub harundine plumbum.
hoc deus in nympha Peneide fixit, at illo
laesit Apollineas traiecta per ossa medullas;
protinus alter amat, fugit altera nomen amantis
silvarum latebris…
………………….
………………….

viribus absumptis expalluit illa citaeque
victa labore fugae spectans Peneidas undas
'fer, pater,' inquit 'opem! si flumina numen habetis,      
qua nimium placui, mutando perde figuram!'
[quae facit ut laedar mutando perde figuram.]
vix prece finita torpor gravis occupat artus,
mollia cinguntur tenui praecordia libro,
in frondem crines, in ramos bracchia crescunt,              
pes modo tam velox pigris radicibus haeret,
ora cacumen habet: remanet nitor unus in illa.
Hanc quoque Phoebus amat positaque in stipite dextra
sentit adhuc trepidare novo sub cortice pectus
conplexusque suis ramos ut membra lacertis              
oscula dat ligno; refugit tamen oscula lignum.
cui deus 'at, quoniam coniunx mea non potes esse,
arbor eris certe' dixit 'mea! semper habebunt
te coma, te citharae, te nostrae, laure, pharetrae;
tu ducibus Latiis aderis, cum laeta Triumphum              
vox canet et visent longas Capitolia pompas;
postibus Augustis eadem fidissima custos
ante fores stabis mediamque tuebere quercum,
utque meum intonsis caput est iuvenale capillis,
tu quoque perpetuos semper gere frondis honores!'              
finierat Paean: factis modo laurea ramis
adnuit utque caput visa est agitasse cacumen.



La hija de Peneo, Dafne, fue el primer amor de Febo;
y no se lo impuso un oscuro azar, sino la vengativa mano 
          de Cupido.
El delio, soberbio por haber vencido poco antes 
          a la serpiente,
lo había visto cuando tiraba la cuerda de su flexible arco,
y así le había dicho: “¿Lascivo niño, qué tienes tú que ver
con potentes armas? Ellas lucen cuando van sobre 
           mis hombros,
pues yo puedo herir certeramente a fieras y a enemigos;
y así, llenándola de innumerables flechas, humillé 
           hace poco
a Pitón, cuyo ponzoñoso vientre cubría distancia 
           tan enorme.
Conténtate encendiendo amores con tu antorcha,
amores que no conozco, y no te apropies de mi alabanza.
Y así contestó el hijo de Venus: “Que tu arco hiera a todos 
            los seres,
y el mío solo a ti. Así como todas las criaturas son inferiores 
             a un dios,
del mismo modo tu gloria es inferior a la nuestra”.
Dijo, e impulsándose en el aire con el batir de sus alas,
se posó velozmente en la umbrosa cima del Parnaso
y, de su repleto carcaj, tomó dos flechas de distintos efectos:
una que atrae el amor, y otra que lo rechaza:
la que lo atrae tiene aguda punza y es de oro esplendoroso,
y no es puntiaguda la que lo ahuyenta, y lleva plomo 
           al final de la caña.
El dios le clavó a Dafne, la ninfa Penide, esta flecha; y 
           con la otra
hirió  a Apolo hasta la médula de sus huesos…..
…………………  
…………………...

Cuando sus fuerzas se agotaban, ella palidece y, vencida 
          por el esfuerzo
de la rápida fuga, dice, contemplando las aguas del Peneo:
“¡Ayúdame, padre, si los ríos tenéis un lumen!
¡Desvanece, transformándome, esta figura con la que gusto 
         demasiado!”
Apenas finalizado su ruego, conquista sus miembros 
         una torpe pesadez:
su tierno pecho es cubierto por delicada corteza,
sus cabellos se tornan hojas, y sus brazos, ramas;
sus pies, antes tan rápidos, se paralizan entre inmóviles 
         raices;
de su rostro se forma la copa; solo la hermosura queda 
         en ella.
Febo la sigue amando, y, apoyando su mano en el tronco,
siente el pecho aun jadeante bajo la nueva corteza,
y, rodeando con sus brazos las ramas que habían sido 
          miembros,
daba besos a la madera; pero esta, sin embargo, los rehuía,
y dijo entonces el dios: “Aunque no puedes ser mi esposa,
serás mi árbol. ¡Oh, laurel! Te acompañarán por siempre 
          mi cabello,
mi cítara y mi carcaj. Tú coronarás a los generales del Lacio
cuando una voz cante alegremente el Triunfo
y el Capitolio sea testigo de largas procesiones.
Estarás también en los portales de Augusto, la más fiel
guardiana de su puerta, y cuidarás la corona de la encina 
         allí colgada,
y, así como los cabellos nunca cortados hacen que mi cabeza 
         luzca juvenil,
también tú lleva por siempre la eterna gloria de tu follaje.
Así terminó Peán, y el laurel mostró su acuerdo 
          con sus nuevas ramas, y se lo vio 
mover la punta, como asintiendo con la cabeza.






El mito entre pinceles y versos.


Francesco Albani,  Apolo y Dafne












Comenzamos con todo un caballero renacentista, mi admirado Garcilaso de la Vega y su célebre soneto XIII,


    A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

    de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!




Cornelis de Vos,  Apolo persiguiendo a Dafne





Seguimos  con otro maestro del  soneto,  don Francisco de Quevedo,


A Apolo siguiendo a Dafne

  Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla:
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

  Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

  Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

  Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres sol, sírvete de ella.



 A Dafne, huyendo de Apolo
           
  “Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

  Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.

  Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas."

  Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.




Tintoretto, Dafne y Apolo

Tiépolo,  Apolo y Dafne
Tiépolo,  Apolo persiguiendo a Dafne


En el Barroco el poeta Gabriel Bocángel lo cantó de este modo,


Apolo siguiendo a Dafne

  Al viento su esperanza y su porfía,
siguiendo Apolo a Dafne encomendaba;
el miedo, con que el paso aceleraba,
su blanco pie de plumas guarnecía.

  De su madeja el oro reducía
el viento a rayos con que al Sol flechaba,
mientras amor, injusto, preparaba
la victoria mayor a quien huía;

  cuando la ninfa exclama al padre undoso,
y, humanando un laurel, halla venganza
del Sol en el auxilio de Peneo.

  “¡Ay! -dijo Apolo al árbol desdeñoso-,
¿por qué si en ti fallece mi esperanza
verde imagen te ofreces al deseo?



Poussin,   Apolo y Dafne





Avanzamos en el tiempo y nos encontramos con Rubén Darío que también bebe de la fuente mitológica, en el poema elegido hay una doble referencia, Apolo-Dafne y Syrinx-Pan,


  ¡Dafne, divina Dafne! Buscar quiero la leve
caña que corresponda a tus labios esquivos;
haré de ella mi flauta e inventaré motivos
que extasiarán de amor a los cisnes de nieve.

  Al canto mío el tiempo parecerá más breve;
como Pan en el campo haré danzar los chivos;
como Orfeo tendré los leones cautivos,
y moveré el imperio de Amor que todo mueve.

  Y todo será, Dafne, por la virtud secreta
que en la fibra sutil de la caña coloca
con la pasión del dios el sueño del poeta;

  porque si de la flauta la boca mía toca
el sonoro carrizo, su misterio interpreta
y la armonía nace del beso de tu boca.




 En los versos de la poeta española Ana Rossetti,


 Waterhouse,   Apollo and Daphne


Mi jardín de los suplicios

                      En el jardín secreto, bajo el árbol,
despacio, muy despacio, desataste mis trenzas
y luego, impetuoso, porque yo sentí frío
y terca me negaba, arrancaste mi ropa.
Con cíngulo de larga enredadera
la deslucida organza que sirviera de colcha
a la cuna común, experto me ceñiste.
En la callada hora, muy lejos de los padres,
con jugo de geranios la boca me teñías
y ajorcas vegetales en mis breves tobillos
se enroscaron.
                         Bailé furiosamente.
Cual halo tras de mí henchíase la túnica,
en torno a ti crecían los aros de mis huellas.
Yo, tanagra diversa, evasivo laurel
y tú quieto. Perfectamente quieto.
salvo el brazo con el que me flagelabas.




En la cerámica de Nicola da Urbino,


  





En escultura, Bernini







Mito y música.

Haendel,  Apollo e Dafne.