Ότι δεν με σκοτώνει με κάνει πιο δυνατό


martes, 23 de abril de 2013

El mito de Apolo y Dafne





Théodore Chassériau,  Apolo y Dafne



Hoy celebramos el día del libro recordando las Metamorfosis de Ovidio y en concreto uno sus mitos, el de Apolo y Dafne.

De las diferentes traducciones que se han hecho de esta obra he elegido para que nos acompañe la realizada por Emilio Rollié, publicada por la editorial Losada. Aquí queda el apunte por si a alguien le interesa adquirirla.

En los quince libros que componen las Metamorfosis el poeta de Sulmona narra una serie de leyendas temáticamente independientes si bien en todas se produce algún tipo de “transformación”.

Así, leemos al inicio del Libro I:


In nova fert animus mutatas dicere formas
corpora; di, coeptis (nam vos mutastis et illas)
adspirate meis primaque ab origine mundi
ad mea perpetuum deducite tempora carmen!


Me lleva mi espíritu a hablar sobre los cambios de forma
que renovaron los cuerpos. Alentad mi proyecto, dioses,
ya que vosotros también las cambiasteis, y guiad hasta mis días
desde el remoto origen del mundo un poema de largo aliento.



Dejando al margen la consideración de si este largo poema pertenece al género épico o no, lo cierto es que esta obra ha sido admirada como una de las mejores  de Ovidio.




APOLO Y DAFNE


Antonio del Pollaiolo,  Apollo and Daphne


Relata el poeta que el dios Apolo, tras matar a la temible serpiente Pitón, engreído y soberbio por el triunfo detiene su mirada en el pequeño Cupido mientras este tensa el arco. Febo se burla del hijo de Venus y menospreciando sus poderes le invita a ocuparse de asuntos más livianos, los del amor. Esta actitud fanfarrona de Apolo provoca la cólera de Cupido que para dejar bien claro quién era el más poderoso de los dos toma de su aljaba dos flechas, a Apolo le clava la de la punta de oro (cuando esta te alcanza inevitablemente caes rendido en las redes del amor), la segunda de plomo que provoca el más absoluto rechazo la dirige a la hermosa ninfa Dafne. Como no podía ser de otro modo Febo se enamora perdidamente de la bellísima dríade a la que desea con loca pasión pero sus intentos por ser correspondido son en vano. Ella desprecia  cualquier acercamiento por lo que molesta y contrariada ante el asedio del dios emprende la huída hasta que agotada por el cansancio y sintiéndose presa de un destino no deseado le suplica a su padre el dios del río, Peneo, que la libere. Sus ruegos son atendidos y es transformada en laurel. Apolo ante la imposibilidad de obtener a su amada rodea con sus brazos el tronco del árbol y delicadamente separa unas ramas con las que teje una corona; será el laurel a partir de este momento símbolo del dios que nunca envejecerá.  


Primus amor Phoebi Daphne Peneia, quem non
fors ignara dedit, sed saeva Cupidinis ira,
Delius hunc nuper, victa serpente superbus,
viderat adducto flectentem cornua nervo               
'quid' que 'tibi, lascive puer, cum fortibus armis?'
dixerat: 'ista decent umeros gestamina nostros,
qui dare certa ferae, dare vulnera possumus hosti,
qui modo pestifero tot iugera ventre prementem
stravimus innumeris tumidum Pythona sagittis.              
tu face nescio quos esto contentus amores
inritare tua, nec laudes adsere nostras!'
filius huic Veneris 'figat tuus omnia, Phoebe,
te meus arcus' ait; 'quantoque animalia cedunt
cuncta deo, tanto minor est tua gloria nostra.'              
dixit et eliso percussis aere pennis
inpiger umbrosa Parnasi constitit arce
eque sagittifera prompsit duo tela pharetra
diversorum operum: fugat hoc, facit illud amorem;
quod facit, auratum est et cuspide fulget acuta,               
quod fugat, obtusum est et habet sub harundine plumbum.
hoc deus in nympha Peneide fixit, at illo
laesit Apollineas traiecta per ossa medullas;
protinus alter amat, fugit altera nomen amantis
silvarum latebris…
………………….
………………….

viribus absumptis expalluit illa citaeque
victa labore fugae spectans Peneidas undas
'fer, pater,' inquit 'opem! si flumina numen habetis,      
qua nimium placui, mutando perde figuram!'
[quae facit ut laedar mutando perde figuram.]
vix prece finita torpor gravis occupat artus,
mollia cinguntur tenui praecordia libro,
in frondem crines, in ramos bracchia crescunt,              
pes modo tam velox pigris radicibus haeret,
ora cacumen habet: remanet nitor unus in illa.
Hanc quoque Phoebus amat positaque in stipite dextra
sentit adhuc trepidare novo sub cortice pectus
conplexusque suis ramos ut membra lacertis              
oscula dat ligno; refugit tamen oscula lignum.
cui deus 'at, quoniam coniunx mea non potes esse,
arbor eris certe' dixit 'mea! semper habebunt
te coma, te citharae, te nostrae, laure, pharetrae;
tu ducibus Latiis aderis, cum laeta Triumphum              
vox canet et visent longas Capitolia pompas;
postibus Augustis eadem fidissima custos
ante fores stabis mediamque tuebere quercum,
utque meum intonsis caput est iuvenale capillis,
tu quoque perpetuos semper gere frondis honores!'              
finierat Paean: factis modo laurea ramis
adnuit utque caput visa est agitasse cacumen.



La hija de Peneo, Dafne, fue el primer amor de Febo;
y no se lo impuso un oscuro azar, sino la vengativa mano 
          de Cupido.
El delio, soberbio por haber vencido poco antes 
          a la serpiente,
lo había visto cuando tiraba la cuerda de su flexible arco,
y así le había dicho: “¿Lascivo niño, qué tienes tú que ver
con potentes armas? Ellas lucen cuando van sobre 
           mis hombros,
pues yo puedo herir certeramente a fieras y a enemigos;
y así, llenándola de innumerables flechas, humillé 
           hace poco
a Pitón, cuyo ponzoñoso vientre cubría distancia 
           tan enorme.
Conténtate encendiendo amores con tu antorcha,
amores que no conozco, y no te apropies de mi alabanza.
Y así contestó el hijo de Venus: “Que tu arco hiera a todos 
            los seres,
y el mío solo a ti. Así como todas las criaturas son inferiores 
             a un dios,
del mismo modo tu gloria es inferior a la nuestra”.
Dijo, e impulsándose en el aire con el batir de sus alas,
se posó velozmente en la umbrosa cima del Parnaso
y, de su repleto carcaj, tomó dos flechas de distintos efectos:
una que atrae el amor, y otra que lo rechaza:
la que lo atrae tiene aguda punza y es de oro esplendoroso,
y no es puntiaguda la que lo ahuyenta, y lleva plomo 
           al final de la caña.
El dios le clavó a Dafne, la ninfa Penide, esta flecha; y 
           con la otra
hirió  a Apolo hasta la médula de sus huesos…..
…………………  
…………………...

Cuando sus fuerzas se agotaban, ella palidece y, vencida 
          por el esfuerzo
de la rápida fuga, dice, contemplando las aguas del Peneo:
“¡Ayúdame, padre, si los ríos tenéis un lumen!
¡Desvanece, transformándome, esta figura con la que gusto 
         demasiado!”
Apenas finalizado su ruego, conquista sus miembros 
         una torpe pesadez:
su tierno pecho es cubierto por delicada corteza,
sus cabellos se tornan hojas, y sus brazos, ramas;
sus pies, antes tan rápidos, se paralizan entre inmóviles 
         raices;
de su rostro se forma la copa; solo la hermosura queda 
         en ella.
Febo la sigue amando, y, apoyando su mano en el tronco,
siente el pecho aun jadeante bajo la nueva corteza,
y, rodeando con sus brazos las ramas que habían sido 
          miembros,
daba besos a la madera; pero esta, sin embargo, los rehuía,
y dijo entonces el dios: “Aunque no puedes ser mi esposa,
serás mi árbol. ¡Oh, laurel! Te acompañarán por siempre 
          mi cabello,
mi cítara y mi carcaj. Tú coronarás a los generales del Lacio
cuando una voz cante alegremente el Triunfo
y el Capitolio sea testigo de largas procesiones.
Estarás también en los portales de Augusto, la más fiel
guardiana de su puerta, y cuidarás la corona de la encina 
         allí colgada,
y, así como los cabellos nunca cortados hacen que mi cabeza 
         luzca juvenil,
también tú lleva por siempre la eterna gloria de tu follaje.
Así terminó Peán, y el laurel mostró su acuerdo 
          con sus nuevas ramas, y se lo vio 
mover la punta, como asintiendo con la cabeza.






El mito entre pinceles y versos.


Francesco Albani,  Apolo y Dafne












Comenzamos con todo un caballero renacentista, mi admirado Garcilaso de la Vega y su célebre soneto XIII,


    A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

    de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!




Cornelis de Vos,  Apolo persiguiendo a Dafne





Seguimos  con otro maestro del  soneto,  don Francisco de Quevedo,


A Apolo siguiendo a Dafne

  Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla:
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

  Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

  Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

  Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres sol, sírvete de ella.



 A Dafne, huyendo de Apolo
           
  “Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

  Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.

  Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas."

  Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.




Tintoretto, Dafne y Apolo

Tiépolo,  Apolo y Dafne
Tiépolo,  Apolo persiguiendo a Dafne


En el Barroco el poeta Gabriel Bocángel lo cantó de este modo,


Apolo siguiendo a Dafne

  Al viento su esperanza y su porfía,
siguiendo Apolo a Dafne encomendaba;
el miedo, con que el paso aceleraba,
su blanco pie de plumas guarnecía.

  De su madeja el oro reducía
el viento a rayos con que al Sol flechaba,
mientras amor, injusto, preparaba
la victoria mayor a quien huía;

  cuando la ninfa exclama al padre undoso,
y, humanando un laurel, halla venganza
del Sol en el auxilio de Peneo.

  “¡Ay! -dijo Apolo al árbol desdeñoso-,
¿por qué si en ti fallece mi esperanza
verde imagen te ofreces al deseo?



Poussin,   Apolo y Dafne





Avanzamos en el tiempo y nos encontramos con Rubén Darío que también bebe de la fuente mitológica, en el poema elegido hay una doble referencia, Apolo-Dafne y Syrinx-Pan,


  ¡Dafne, divina Dafne! Buscar quiero la leve
caña que corresponda a tus labios esquivos;
haré de ella mi flauta e inventaré motivos
que extasiarán de amor a los cisnes de nieve.

  Al canto mío el tiempo parecerá más breve;
como Pan en el campo haré danzar los chivos;
como Orfeo tendré los leones cautivos,
y moveré el imperio de Amor que todo mueve.

  Y todo será, Dafne, por la virtud secreta
que en la fibra sutil de la caña coloca
con la pasión del dios el sueño del poeta;

  porque si de la flauta la boca mía toca
el sonoro carrizo, su misterio interpreta
y la armonía nace del beso de tu boca.




 En los versos de la poeta española Ana Rossetti,


 Waterhouse,   Apollo and Daphne


Mi jardín de los suplicios

                      En el jardín secreto, bajo el árbol,
despacio, muy despacio, desataste mis trenzas
y luego, impetuoso, porque yo sentí frío
y terca me negaba, arrancaste mi ropa.
Con cíngulo de larga enredadera
la deslucida organza que sirviera de colcha
a la cuna común, experto me ceñiste.
En la callada hora, muy lejos de los padres,
con jugo de geranios la boca me teñías
y ajorcas vegetales en mis breves tobillos
se enroscaron.
                         Bailé furiosamente.
Cual halo tras de mí henchíase la túnica,
en torno a ti crecían los aros de mis huellas.
Yo, tanagra diversa, evasivo laurel
y tú quieto. Perfectamente quieto.
salvo el brazo con el que me flagelabas.




En la cerámica de Nicola da Urbino,


  





En escultura, Bernini







Mito y música.

Haendel,  Apollo e Dafne.






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