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martes, 22 de enero de 2013

Leopoldo Alas Clarín: La Regenta







Foto:  Amelia G. Suárez



Navegando con Mercurio cumple hoy con una deuda ya pendiente desde su creación, dedicar su espacio a un gran escritor de cuya pluma brotó la mejor novela española del siglo XIX y una de las más sobresalientes de todos los tiempos.

Haremos un breve repaso a la biografía del autor para centrarnos luego en el análisis de su obra, La Regenta.



Leopoldo Alas “Clarín”. Nace en 1852 en Zamora donde su padre ocupaba el cargo de Gobernador Civil; inolvidable su ya famosa frase “a mí me nacieron en Zamora”. Muere en Oviedo en 1901.

Tras recorrer con su familia varias ciudades españolas en 1863 viene a Oviedo donde estudia el Bachiller y posteriormente leyes.  En el 1871 se traslada a Madrid para cursar el doctorado mientras estudia Filosofía y Letras.  En la capital de España entra en contacto con profesores como Salmerón, Castelar, Giner de los Ríos con quienes descubre una forma de pensar distinta al ambiente que le rodeaba en Oviedo, ello hace que sin declararse enemigo de los valores cristianos no obstante sí discrepará de ciertos elementos católicos destacando especialmente su anticlericalismo. A pesar de ello al final de su vida, especialmente tras la muerte en 1896 de su madre Leocadia Ureña a la que estaba muy unido, se produce un evidente cambio espiritualista.

En Madrid frecuenta las tertulias literarias además del Ateneo, colabora en periódicos y así en “El Solfeo” un 29 de Noviembre de 1886 aparece por primera vez el pseudónimo de “Clarín”.

En 1878 hace oposición a la cátedra de Economía Política y Estadística logrando ser el número uno a pesar de ello en la terna presentada al ministro conservador de aquel entonces (el Conde de Toreno), le fue negada la plaza de catedrático de Salamanca por lo que injustamente privado de lo que debería haber sido suyo por mérito propio decide continuar en Madrid trabajando en prensa, elaborando críticas literarias, etc.

En 1882 llegó al poder el partido liberal y el nuevo ministro (J. Luis de Alvareda) para deshacer el agravio le concede la cátedra de Economía Política. Durante un año se traslada a Zaragoza para desempeñar su cargo. Ese mismo año se casó y en viaje de novios recorrió Andalucía para comprender los problemas que la oprimían.

Durante el curso 83-84 ocupa plaza de catedrático ya en Oviedo concretamente en la cátedra de Derecho Romano de la que pasará al año siguiente a la de Derecho Natural, donde permanecerá hasta su fallecimiento. 
El sosiego y la tranquilidad de Oviedo le ofrecerán la posibilidad de trabajar con comodidad y solo de forma puntual volverá a Madrid.

El hecho de trabajar como profesor no le impide seguir ejerciendo labores de crítico literario. En esta actividad destacó por su dureza contra lo que le parecía falsedad aunque su autor fuese conocido, en cambio elogiaba abiertamente todo lo que para él tenía valor. Esto le acarreó más de un disgusto y verse envuelto en numerosas polémicas que le hacían perder buena parte de su tiempo.

A pesar de su estabilidad laboral su salud comienza a debilitarse a causa de una enfermedad intestinal, a lo que se añade una precaria situación económica ya que su exiguo sueldo no era suficiente para pagar las deudas de juego por lo que se ve obligado a escribir para diferentes periódicos sin tiempo para cuidar como quisiera la calidad de sus escritos. En esta cuestión hizo mucho hincapié ya que le preocupaba que le juzgasen como escritor en base a esos escritos rápidos. Indudablemente su talento los trascendía con creces.

En medio de esta situación ya en 1895 ocurre un acontecimiento que en cierto modo marcará su futuro: su obra de teatro “Teresa” es representada por María Guerrero en Madrid. A pesar de que el estreno fue un fracaso tanto de crítica como de público lo que evidentemente le contarió sin embargo hizo que se afirmase en su deseo de seguir escribiendo para demostrar su talento. Lamentablemente la muerte le sorprende el 13 de Junio de 1901 cuando apenas acababa de cumplir los 49 años.



La Regenta.  En un principio iba a constar de un solo tomo aunque la 1ª edición se publica en dos tomos, el primero en Enero y el segundo en Julio de 1885 en la Ed. Arte y Letras de Barcelona.

Sobre la elaboración de la novela sabemos que eran varios los conocidos del autor que estaban informados de sus ideas. Así en una carta que Alas dirige a J. Ixart le comenta que la obra fue pensada durante largo tiempo pero escrita con relativa rapidez.

Las reacciones que siguieron a la publicación de la novela fueron dispares si bien se impuso una valoración claramente positiva como lo testimonian los elogios recibidos por numerosas revistas francesas e italianas. Tal vez la reacción más desfavorable viniese del estamento religioso junto a algún periódico de su propia ciudad, Oviedo, de hecho “El Carbayón” diario ovetense en el que Clarín tenía amigos ni siquiera realiza una crítica de la novela, se limitan a una breve nota tras la publicación del primer tomo donde afirman esperar el segundo para abordar un análisis global de la obra, que por cierto nunca llegará, evidentemente es un rechazo implícito.

Mención especial merece la cuestión tan analizada del título de la obra. El propio autor elige “La Regenta” lo cual debería ser definitivo para sus lectores, en cambio algunos críticos apuntan la posibilidad de que el título que le correspondería sería el de “Vetusta”. Parece que atendiendo al elegido por Clarín la primacía de la obra recae en la protagonista femenina lo que nos lleva hacia una novela psicológica. En cambio si postulamos la segunda opción entraríamos en el ámbito de lo social.

¿Qué tipo de novela ha escrito Don Leopoldo? Podemos decir que esta es una novela social, denunciatoria, y además es también novela histórica en cuanto refleja una historia de España que es coetánea.


La Regenta como novela social.  En esta obra se nos ofrece la vida en Vetusta (nombre elegido por Clarín para referirse a la noble y heroica ciudad de Oviedo).

Aunque aparecen casi todos los estamentos de la sociedad algunos apenas están presentes como los proletarios de la fábrica nueva: la de gas y la de armas. En este sentido debemos entender su escasa presencia en la obra no como falta de interés del autor sino por su irrelevante papel en la trama de la novela.

La nobleza de sangre era poderosa en Vetusta, estaba representada por los Marqueses de Vegallana; en su palacio se reunían los influyentes de Vetusta para hacer seudopolítica.

La clase media no tenía mucha entidad por sí misma, digamos que se “dejaban llevar” por la clase dominante.

Los Vespucios eran los indianos que conocieron las estrecheces de la vida y emigraron en busca de mejor fortuna. Eran personas sin excesiva cultura ni rancio abolengo pero contaban con algo que les abría las puertas: su dinero y el medio que tenían para ascender socialmente a través de matrimonios de conveniencia.

El cabildo catedralicio y demás miembros de la clerecía: De ellos recibimos la impresión de que no tiene excesivo interés por el aspecto religioso, más bien se dedican a reunirse para chismorrear en la catedral. De entre todos destaca la figura del Magistral (don Fermín de Pas)  como veremos más adelante uno de los ángulos más importantes que conforman el triángulo protagonista de la novela. Desde luego el tratamiento que Clarín les da a los representantes de la Iglesia denota un evidente anticlericalismo lejos eso sí de una idea atea o irreligiosa.


La Regenta novela psicológica. En este ámbito Ana Ozores es la protagonista. Bastante cerca queda la figura del Magistral y en un segundo plano la del marido (don Víctor Quintanar), y la del amante (don Alvaro Mesía). Mención especial merece Frígilis, aunque alejado del plano de los protagonistas. Otras figuras en las que Clarín fija su interés son Pompeyo Guimarán (el ateo de la ciudad) que paradójicamente junto con el Obispo son los que se toman la religión en serio.

Sin duda la introspección psicológica de la obra es compleja aunque Clarín la domina con habilidad.


Estructura. Presenta dos partes, la primera (cap. I al XV) se reduce a tres días de octubre en los que Clarín nos presenta en detalle tanto personajes como ambientes siendo también frecuentes las escapadas al pasado a través de monólogos internos de los personajes; es lenta, estática, espacial, descriptiva. La segunda cuya acción durará tres años (cap. XVI hasta el XXX) es rápida, dinámica, temporal, narrativa, en ella el lector una vez conocidos los personajes se centra en la acción pura.

Destaca su armonía y equilibrio. También el uso de técnicas poco desarrolladas por entonces como el monólogo interior. 
Sobresale asimismo el grado de perfección en las descripciones al igual que en el excelente diálogo que tanto disfrutamos al leer la obra.


Acción. Un canónigo cede como hija de confesión a doña Ana Ozores conocida por toda Vetusta como la Regenta al contraer matrimonio con don Víctor Quintanar, magistrado y Regente de la Audiencia Provincial. Mientras se produce la primera confesión de doña Ana con el Magistral, un donjuán vetustense anuncia su propósito de conquistar aquella dama. Una fiesta familiar de la buena sociedad coloca frente a frente los dos caminos abiertos a la Regenta: el donjuán, el confesor.

Si tuviésemos que señalar las tres fuerzas esenciales de la obra serían: Vetusta, doña Ana Ozores y don Fermín de Pas. Seguro alguno de vosotros pudiera preguntarse, ¿y el donjuán, Alvaro Mesía? Él estaría incluido en el coro que representa Vetusta, no es un personaje opuesto a la variada raza que conforma la sociedad vetustense, podemos decir que entre esta es su “cabeza visible” por más que doña Ana eleve su figura (por visión sublimada) sobre el resto. La novela tiene un eje central: ¿Ana Ozores aquella mujer diferente, inadaptada, insatisfecha (por diferentes causas) se hundirá y caerá bajo el vicio y la hipocresía de la sociedad vetustense o muy al contrario, prevalecerá su virtud y  conseguirá escapar de ese ambiente con la energía y la guía espiritual del magistral? Desde este plano vemos como la figura de don Alvaro es el instrumento del que Vetusta se sirve para hacer caer a aquella mujer que sin pretenderlo era centro de celos y envidias, a la que había que despojar de su personalidad y su elevada moral. Se abre el camino a dos fuerzas (Vetusta y don Fermín) que presionarán y conspirarán para alcanzar sus propios intereses mientras la Regenta se debate en una dura lucha interna entre el deber y el deseo.

En los primeros capítulos de la novela encontramos referencia explícita a nuestros clásicos y su influencia en la Regenta: “Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero, en cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos. Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo. ¿Por qué no? ….. en cuanto se trataba de arte clásico, de “verdadero arte”, ya no había velos, podía leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por Italia.  —¡El arte no tiene sexo! —gritaba—. Vean ustedes, yo entrego a mi hija esos grabados que representan el arte antiguo con todas las bellezas del desnudo…La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de Israel.  —Homni soit qui mal y pense! —repetía don Carlos—; y lo otro de: Oh, procul, procul estote prophani!  Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su fantasía, sobre todo, y gracias a ella, no a don Carlos, aquel inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos. La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa. También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bión y Mosco; soñaba con la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia ardiente que ella se figuraba como un nido de amores.”  

Junto a los grecolatinos también comenzará a leer (a escondidas) a San Agustín, Fray Luis de León, Santo Tomás, Chateaubriand… Esta inusual educación literaria de Ana se trunca tras la muerte de su padre. Las tías devotas ejemplares de Vetusta, solteras de intachable moralidad la acogen para tranquilizar su conciencia amparando a la desventurada hija de aquel  hermano que ni rico había sabido hacerse, el infeliz ateo…  Aquella adolescente inteligente pronto descubre que sus tías lo perdonaban todo, menos las apariencias. Lección que aprende cuando las tías se indignan al descubrir su pasión literaria: Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiese visto un revólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas señoras. ¡Una Ozores literata!”  
Esta reacción furibunda la obliga a desistir de su afición: “Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad. A solas en la alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba enseguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus peleas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la "literata", aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.”

Semejante ambiente hace que se sienta diferente y que desarrolle una personalidad que interiormente se rebela: “Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entretanto Vetusta era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta, inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se reservaba el derecho de despreciar a su tirano, viviendo de sueños.”

Tras contraer matrimonio con don Víctor Quintanar, recio aragonés cuya esposa le envidiaba un pueblo entero, comienza a dibujarse la nueva relación de Ana con Vetusta que parece ceder: “Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero pensar en otros hombres. Don Víctor era la muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al lado, era un delito. Todo había concluido…sin haber empezado.”  
Pero el coro de Vetusta no se conformará con este primer intento de modelar a Ana a su horma sino que buscará la caída de la virtud. ¿Sería capaz de romper el débil equilibrio que separaba su deber conocido hacia don Víctor al haberle jurado fidelidad y su deseo ignorado hacia don Alvaro, el señuelo que Vetusta escondía para someterla?

Su refugio será el misticismo, una exacerbada religiosidad que convierte a su confesor, el Magistral don Fermín, en soporte y apoyo para seguir cumpliendo con los lazos del deber. Aun así la lucha interna de la protagonista queda claramente al descubierto: “Ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez, a que ya estaba llamando… Y no había gozado ni una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos… El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero, ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía.  Recordaba entre avergonzada y furiosa, que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo… la primera noche, al despertarse en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado…. ¡Lo que era aquello y lo que podía haber sido!.”  
“Ella como la luna corría solitaria por el mundo a abismarse en la vejez, en la oscuridad del alma, sin amor, sin esperanza de él… Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la carne, derechos de la hermosura….”

Más allá de la lucha interna que sostiene el personaje de la Regenta percibimos el enfrentamiento duro, dramático entre el alma y el cuerpo (representados por don Fermín y don Alvaro). Ana es el campo de batalla que ambos utilizan para conseguir aniquilarse y vencer: “Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia… Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Alvaro, y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo, lugares había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en cuanto mujer de sociedad. Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.”

Finaliza la novela con una Ana derrotada, incapaz de adaptarse a la falsedad e hipocresía de Vetusta. La Regenta, tras su consumado adulterio, la traición del Magistral y la muerte en duelo de su esposo, aparece desvalida, solitaria, abandonada. En tanto que Vetusta se muestra indiferente, vencida la virtud parece que nada ha pasado. Como bien escribió el reputado filólogo don Emilio Alarcos: “Los que tientan a los dioses, queriendo salir de la niebla, reciben su castigo. Hay cierta moraleja de ananké,  de tragedia griega”.

Antes de concluir quiero dedicar unas palabras a uno de los personajes para mí más destacados de la novela, me refiero a D. Tomás Crespo más conocido por Frígilis: “A don Tomás le llamaban Frígilis porque si se le refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia sino por filosofía, y exclamaba sonriendo: — ¿Qué quieren ustedes? Somos frígilis, como decía el otro. Frígilis quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la fragilidad humana.”

D. Tomás representa la antítesis de Vetusta. Es un naturalista convencido, hombre de pocas palabras, íntegro, puro, sin prejuicios; aborrece los sistemas, no chismorrea ni pretende aleccionar a nadie; por ello recibe el afecto de la sociedad vetustense que le llama sonámbulo, chiflado, tontiloco, espiritista…

Aunque sus apariciones son puntuales sin embargo buena parte de la acción de la novela sucede o se relaciona con él, así es él quien presenta a su gran amigo Víctor Quintanar a la familia y quien ve en el magistrado el marido más apropiado para Ana; también es quien advierte a Quintanar que su esposa no es feliz.

Frígilis se nos presenta desde los primeros capítulos de la novela como la única persona con quien Ana se atrevía a hablar algo de lo que le pasaba por dentro porque era una excepción, un amigo verdadero que entendía a medias palabras lo que las tías, el barón, etcétera, no hubieran entendido en tomos como casas.”

Sin duda Frígilis es ese buen amigo que comprende la situación, que no juzga ni condena, el que mientras los demás envidian y odian o se compadecen con falsa apariencia, él permanece inalterable en su pacífica humanidad de hombre sencillo, auténtico, acogedor. Él es el amigo constante, el compañero de sus tristezas, el único que permanece a su lado cuando toda Vetusta le da la espalda incluyendo a D. Alvaro Mesía y al Magistral don Fermín de Pas: “Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis, Anselmo entregó a su ama una carta en que don Alvaro explicaba desde Madrid su desaparición y su silencio… Cuando Crespo, al oscurecer, entró en la alcoba de Ana… vio a su amiga como muerta, supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía… Frígilis en el tocador leía la carta del que siempre llamaba para sus adentros cobarde asesino. Don Alvaro, en aquel papel que olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su crimen, de la muerte de Quintanar… Todo era falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de amar de veras.”  
“Una mañana despertó pensando que aquel año no “había cumplido” con la Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí, iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso… Ana entró en la capilla oscura donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de las almas…. Vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos, como los del Jesús del altar… El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla…. Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.”




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Este trabajo está basado en los estudios de dos prestigiosos catedráticos de la Universidad de Oviedo, el emérito y reconocido lingüista D. Emilio Alarcos Llorach (Salamanca, 1922-Oviedo 1998) y el investigador, escritor y crítico literario  D. José María Martínez Cachero (Oviedo, 1924—2010),  admirados maestros.






Vetusta en imágenes


Fotografías: Amelia G. Suárez

































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